Los deportistas son los actuales cazadores y recolectores.

Los médicos que estudiamos el deporte de alto rendimiento, aprendemos cada vez más de la Paleoantropología, ya que los científicos dedicados al estudio de fósiles de nuestros antepasados remotos nos han abierto los ojos a una realidad auténticamente desconocida para nosotros.

Todavía recuerdo la pregunta que me hizo un periodista a raíz del salto de longitud que le valió a Bob Beamon, con su salto de 8,90 m, el récord que mantuvo durante más de veinte años. Me preguntó si estábamos llegando al techo de las posibilidades de récord en las especialidades atléticas.


Tiempo después un antropólogo de la universidad de Cambridge, McAllister, analizó huellas, hoy fosilizadas en el lecho de un río, de un grupo de cazadores aborígenes que vivieron en Australia hace 20.000 años. Según se desprende de la profundidad y separación de las mismas y del tipo de suelo, originalmente la orilla fangosa de un lago, aquellos hombres corrían a 37 kms/h (más de lo que puede correr un velocista actual en 100 mts). McAllister considera que, con la tecnología actual –piso de tartán y zapatillas de clavos–, aquellos aborígenes superarían holgadamente los 45 kms/hora. Es más: nada le hace creer que aquellos cazadores fueran al máximo de sus posibilidades. Los aborígenes australianos podían lanzar un palo más allá de los 110 metros, superando ampliamente los 98,48 metros del récord de jabalina actual. La mujer Neandertal tenía un 10% más de masa muscular que el macho actual. Convenientemente entrenada hubiera alcanzado el 90% de la masa de Schawarzenegger durante su máximo esplendor en los 70. Y sin tener que remontarse a los fósiles podemos desmitificar los legendarios 2,45 m. de Sotomayor. McAllister asegura en su libro que los hombres de algunas tribus del centro y este de África saltan más en sus ritos de iniciación, y remite a unas fotografías tomadas por un antropólogo alemán de unos jóvenes tutsi de Ruanda a principios del siglo XX en las que se aprecia cómo saltan 2,52 metros.

Concluye el antropólogo, que: “Hemos perdido el 40% de densidad en nuestros huesos largos porque sujetan mucha menos masa muscular de lo que acostumbraban…Ni siquiera nuestros atletas de elite se acercan a aquellos niveles” (McAllister).

En este contexto, si la marca de la superación está en lo que hacían nuestros antepasados, quizás sea el momento de conocer más acerca de sus hábitos generales, incluida su dieta.

Vamos a poner algunos ejemplos

Una de las cosas que nos enseña nuestro metabolismo es que está perfectamente adaptado a los ciclos de hambre y saciedad marcados por la existencia de caza y los avatares climatológicos.

Los entrenadores de ciclismo intuían que algunos parámetros aerobios mejoraban en algunos ciclistas a los que les mandaban hacer rodillo suave en ayunas. Ahora sabemos que entrenar con las reservas disminuidas del glucógeno almacenado aumenta la transcripción de interleucina 6 (Keller C et al 2001);; de piruvato dhasa quinasa 4 (Furuyama T et al 2003), de hexoquinasa (Petersen KF et al 2003), lo que impide la conversión del piruvato en acetil CoA, conservando así los carbonos del lactato, piruvato y aminoácidos para la síntesis de glucosa; de hexoquinasa, así como de proteínas de choque térmico muy importantes en mecanismos reguladores de tipo hermético (Febbraio MA et al 2002).  Todas estas modificaciones recuerdan el estado de ayuno, en el que la glucogenogénesis, la glucolisis y la lipogénesis se detienen casi por completo, predominando los ciclos opuestos. De esta forma, podemos imitar los ciclos de saciedad hambre de nuestros antepasados, con la práctica de ejercicio físico intenso.

Del mismo modo, si se evita la reconstitución rápida de glucógeno tras el esfuerzo, tomando una dieta baja en carbohidratos, se eleva la GLUT4 , un transportador de la glucosa que se localiza en músculo esquelético (Garcia Roves PM et al 2003). Este hecho lo aprendimos, de forma práctica, al generalizarse la “supercompensación” mediante las dietas ricas en carbohidratos antes e inmediatamente después de los esfuerzos de gran fondo. Ahora sabemos que no es una buena estrategia recargar sistemáticamente los depósitos de glucógeno agotados (con lo que perdemos la regulación al alza de la GLUT4 antes comentada). Nuestra manipulación de los conocimientos actuales nos puede llevar el entrenamiento a la propia alimentación, por ejemplo, si damos glutamina en dosis adecuadas, regulamos al alza la glucógeno sintetasa, lo cual nos puede interesar en períodos en de entrenamiento de fondo en donde estimular la obtención de energía de la lipólisis puede ser clave. En este sentido, daríamos glutamina junto a esfuerzos de larga duración para provocar la utilización de la vía lipolítica y, posteriormente aplazaríamos un tiempo (horas) la ingesta de carbohidratos para regular al alza los transportadores de glucosa al interior del músculo.





Bibliografía

  1. Febbraio MA, Steensberg A, Fischer CP, Keller C, Hiscock N, Pedersen BK. IL-6 activates HSP72 gene expression in human skeletal muscle. Biochem Biophys Res Commun. 2002;296(5):1264-1266
  2. Furuyama T, Kitayama K, Yamashita H, Mori N. Forkhead transcription factor FOXO1 (FKHR)-dependent induction of PDK4 gene expression in skeletal muscle during energy deprivation. Biochem J. 2003;375(Pt 2):365-371.
  3. Garcia-Roves PM, Han DH, Song Z, Jones TE, Hucker KA, Holloszy JO. Prevention of glycogen supercompensation prolongs the increase in muscle GLUT4 after exercise. Am J Physiol Endocrinol Metab. 2003;285(4):729-736..
  4. Keller C, Steensberg A, Pilegaard H, Osada T, Saltin B, Pedersen BK, Neufer PD. Transcriptional activation of the IL-6 gene in human contracting skeletal muscle: influence of muscle glycogen content. FASEB J. 2001;15(14):2748-2750.
  5. Petersen KF, Befroy D, Dufour S, Dziura J, Ariyan C, Rothman DL, DiPietro L, Cline GW, Shulman GI. Mitochondrial dysfunction in the elderly: possible role in insulin resistance. Science. 2003;300(5622):1140-1142.




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