Una enfermedad grave... ¿Sin luchar?



¡Tu ..... tiene una enfermedad grave y hay que aceptarla!. 

Quince años oyendo la misma cantinela por parte de mis colegas. Mucho tiempo, sí, como para seguir luchando como el primer día contra ese duelo personal -no te des de cabeza contra una pared, hay que asumirlo y aceptarlo, la medicina no tiene, en este momento, una buena solución-...


Pero hay un problema… Hace cerca de treinta años escuchaba a mi profesor de fisiología del ejercicio en Estrasburgo, explicar por qué era imposible bajar de 10 segundos en 100 metros lisos (y lo justificaba en términos de flujos metabólicos y limitaciones de lanzaderas mitocondriales). Y llegó Carl Lewis en 1983 y rompió la barrera metabólica con una marca de 9.97 segundos. Cuando la china Yunxia Qu batió en 1993 el récord de 1.500 metros mejorando en 2 segundos la de la soviética Tatiana Kazankina en 1980, el mundo del atletismo registró uno de los brotes de escepticismo más agudo que se recuerdan.

En este tiempo de dedicación a mi especialidad tratando deportistas olímpicos, he visto como los deportistas rehabilitaban lesiones “imposibles” en criterios de traumatólogos.  He comprobado datos analíticos de ciclistas que venían de correr el “Tour de Francia” con enzimas hepáticos en plasma que simulaban hepatitis agudas gravísimas. He visto cardiólogos dedicados al deporte de élite, contradecir a colegas y reescribir alteraciones eléctricas del corazón que sus compañeros consideraban patológicas. Han cambiado patrones de la dieta en deportistas considerados incuestionables y he visto cómo dietas disociadas, hiperproteicas, suplementos desconsiderados por estudios previos etc mejoraban a los deportistas de élite y cómo pasaban a ser fruto de consensos y entrar en las guías de la especialidad. 

Al  mismo tiempo he asistido a la puesta en cuestión de fármacos, al destape de situaciones bochornosas de multinacionales y relaciones con médicos de prestigio que podrían considerarse, cuando menos, sospechosas. He leído libros absolutamente escalofriantes sobre la acción de algunas farmacéuticas más cercana a la mafia que a la ciencia.

Durante este tiempo he comprobado en mi laboratorio en la universidad, cómo las industrias manipulan, cómo manda el marketing sobre el departamento de I+D, cómo se sale al mercado de los suplementos a competir con etiquetas engañosas y productos fraudulentos. He visto cómo las empresas se daban premios entre ellas y cómo creaban certificados de calidad supuestamente independientes.  Un ejemplo de hace unos días: Al pedir un presupuesto a una empresa de suplementos para una nueva formulación, el fabricante me comentó que era la primera vez en su dilatada actividad profesional fabricando para las mejores (supuestamente) empresas de productos para deportistas, que se pedía la fabricación con el grado de pureza que yo exigía (lo cual encarece el producto, claro).

Al mismo tiempo, he visto cómo se pasaba de recomendar reposo al paciente con un infarto de miocardio, a llevarle en sucesivos pasos, a una rehabilitación completa incluyendo ejercicio físico intenso. A recomendarles a los hipertensos ejercicio de fuerza también, no solo aerobio. A bajarles medicación a diabéticos 2 simplemente con ejercicio. A mejorar el pronóstico a pacientes oncológicos y fibromialgia, entre otros muchos. 

Tantos y tantos casos en los que el “individuo” ha demostrado la falsedad de lo “cierto” como para que ahora tenga que asumir que hay que aceptar.

Muchos años y muchas canas como para pensar que todo está dicho o que todo se reduce a lo que es oficial.
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