Imitando a nuestros antepasados remotos


Ya en la entrada anterior lanzaba un aviso sobre lo desacertado de seguir una rutina en los conceptos de sobrecarga de carbohidratos inmediatamente después del ejercicio.

Ahora voy a tratar un tema trascendental en la nutrición deportiva, la distribución de comidas en función del horario y de los ciclos de entrenamiento.

Uno de los mayores logros de la fisiología del ejercicio en el siglo pasado, se produjo cuando se descubrió que la manipulación de los alimentos a ingerir desde una semana antes del esfuerzo físico, alteraba enormemente el rendimiento en esquiadores de fondo.

Los estudios de investigadores nórdicos demostraron que si se les daba a estos deportistas una alimentación rica en proteínas y grasas durante tres días, seguida de otros tres días de dieta rica en carbohidratos, los test de esfuerzo mostraban una mejora considerable. Fue la primera vez en que una intervención desde la medicina deportiva, suponía una mejora inmediata del rendimiento y cambió la forma de entender la relación con los médicos por parte de los entrenadores.

El tiempo ha moderado este planteamiento ya que los deportistas estudiados, como ocurre en muchísimos de los datos obtenidos en laboratorios de fisiología del ejercicio, eran estudiantes de educación física con pocas horas de entrenamiento al día. Cuando se trasladó este concepto a los deportistas de alto rendimiento se observó que no mejoraban tanto, ya que tenían muy entrenadas las reservas de glucógeno.

Sin embargo, el criterio de manipular la dieta, frente al criterio de la nutrición general de mantener una dieta equilibrada constante, dio inicio a una ciencia que en la actualidad ha cobrado, incluso más relevancia.

Hoy decimos los médicos, que es más importante manejar las comidas en función de los entrenamientos, que tomar decisiones críticas sobre alimentos particulares.

Si en la anterior entrada comentaba que los deportistas son los actuales cazadores y recolectores, hay una contradicción con el consenso actual de sobrecarga de carbohidratos, que debemos estudiar. La dieta de las tribus nómadas de las que descendemos, era relativamente pobre en carbohidratos y rica en proteínas y grasas. Sin embargo, actualmente se preconiza que la dieta de los deportistas debe ser rica en carbohidratos que son los proveedores de glucógeno almacenado (clave en el rendimiento en deportes de medio y gran fondo). ¿Cuál es la medida correcta?

La dieta de los cazadores nómadas era muy variada, tomaban insectos (ricos en proteínas y minerales como hierro), pescado (rico en proteínas, calcio, yodo y grasas n3, particularmente DHA), bayas, raíces y frutas salvajes, ricas en flavonoides (antioxidantes), algo de carne de caza (proteínas y grasas) y, no hay que olvidarlo, alternando períodos de escasez. En este contexto, estaban reguladas al alza las enzimas de la gluconeogénesis (recordemos que la gluconeogénesis es una ruta metabólica anabólica que permite la síntesis de glucosa a partir de precursores no glucídicos. Incluye la utilización de varios aminoácidos, lactato, piruvato, glicerol y cualquiera de los intermediarios del ciclo de los ácidos tricarboxílicos (o ciclo de Krebs) como fuentes de carbono para la vía metabólica). Todos los aminoácidos, excepto la leucina y la lisina, pueden suministrar carbono para la síntesis de glucosa.

Ahora debemos observar la dieta actual. Apenas se consume pescado, en absoluto insectos, bayas o raíces. De las frutas solo se consume la parte carnosa (pobre en polifenoles), la carne es de rumiantes o animales estabulados etc etc. Sin embargo, la oferta en carbohidratos es enorme. ¿No nos estamos equivocando?

La dieta que yo les recomiendo a mis deportistas es muy estricta, contempla cosas extrañas (para los demás) como es estudiar el macrociclo y adaptar los alimentos. Estudiar el horario de entrenamiento para ingerir la comida principal. Tomar frutas rojas o negras con piel (las certificadas ecológicas no tienen riesgo de tomar plaguicidas). Pescado (o en su defecto, tomar DHA aprovechando la tecnología actual). Aumentar las proteínas con aislado de suero de leche. Eliminar grasas saturadas. Tomar preparados poliminerales previamente estudiados en función del resto de alimentos etc. Etc.

Todo muy complejo pero con una idea simple. Imitar en lo posible lo que ha forjado las condiciones de desarrollo de aquellos antecesores nuestros capaces de lograr mantener un esfuerzo de caza durante horas en las condiciones más duras imaginables.
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